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LA MUSA QUE SALVó AL ARTISTA

Musa sexy

Los artistas somos seres incomprendidos. Se dice de nosotros que somos personas atormentadas, excéntricas, bohemias, raras. No todos y no siempre. Pero, cierto es, que quien se dedica a las artes tiene, por definición, una sensibilidad intrínseca que nos arde por dentro y que sacamos al mundo exterior a través de cualquier expresión artística.

Eso, al menos, es a lo que aspiramos. Hay épocas en las que nada arde por dentro, en las que encontramos páramos con capas de hielo y nieve allá donde miremos. Planicies absolutas, sin subidas ni bajadas, sin calor, sin sol, sin vida. A veces el artista se siente muerto por dentro y, cuando eso ocurre, no hay nada que sacar al exterior. Es lo que llamamos bloqueo creativo, falta de inspiración o que las musas se hayan ido de vacaciones.

Pero un día todo cambió. Estaba investigando sobre diferentes profesiones con un halo de misterio, de esas que la gente no entiende ni quiere entender. Empecé a profundizar en el mundo de las escorts y visité diferentes páginas webs del sector, centrándome en las que parecían más prestigiosas.

Marissa Escorts era una agencia pionera en España y, si después de tantos años mantenía su reputación, algo deberían estar haciendo bien. Empecé a ver los perfiles de sus modelos y, de pronto, una de ellas me atrapó por completo. No sé qué tenía esa mujer, pero con las pocas fotos y la breve descripción que encontré, noté que algo dentro de mí volvía a arder. La chispa se había encendido de nuevo.

Esa misma noche empecé a crear de nuevo. Solo eran pequeños bocetos, esbozos de ideas que no acababan de cobrar forma. No era mucho pero, después de tantos meses de sequía creativa, era algo. Y por algo se empieza siempre. Esa mujer que ni siquiera conocía, había conseguido despertar algo en mi interior.

Al día siguiente, tras comprobar que todo lo que había hecho el día anterior tenía sentido, supe que necesitaba saber más de ella. Decidí ponerme en contacto con la agencia y concertar una cita con ella. Nunca antes había estado con una escort, así que les conté que sería mi primera vez y que no tenía muy claro qué quería que pasara. Les avisé de que tal vez, todo se redujese a una buena conversación y algunas copas de vino.

Me trataron de maravilla y me hicieron sentir muy cómodo. No sabía si lo que les pedía era algo extraño o fuera de lugar, pero enseguida me hicieron sentir que nada de lo que desease era un motivo de vergüenza. Acordamos vernos en mi apartamento y el día llegó. A la hora acordada sonó el timbre y yo, que era nuevo en este mundo, sentí el mismo cosquilleo en el estómago que en mi primera cita adolescente.

Esa mujer era mucho más impresionante en persona que en fotografía. Todo lo que me había imaginado de ella se quedaba pequeño ante la realidad. No era solo por su evidente belleza, tenía ese algo que te hipnotiza, te cautiva y te eriza la piel. Por un momento me asusté al pensar que, quizás cuando empezásemos a hablar, toda esa admiración que sentía por ella se esfumaría. Y, con la admiración, también esa necesidad de volver a crear que llevaba unos días atormentántome, en el buen sentido de la palabra.

Nada más lejos de la realidad: además de todo lo bonita que era por fuera, era una mujer inteligente e interesante. Con un bagaje impresionante pese a su corta edad, con una conversación exquisita que no quería que se acabase nunca. Cada palabra que intercambiábamos encendía una nueva chispa en mi interior. De pronto sentí que estaba lleno y que necesitaba empezar a sacar todo lo que ella había sembrado en mí.

Saqué mis materiales y empecé a bocetar, esta vez con mayor firmeza y con las ideas mucho más claras. No sé cuánto rato pasé observándola y dibujando mientras hablábamos. Y, en ese apogeo creativo, algo pasional me invadió cuando la vi andar hacia la cocina a por otra botella de vino. Cuando volvió, la tomé por la cintura y la acerqué a mí. Nuestras caras estaban separadas por escasos milímetros y ella, aún con la botella en la mano, sonrió.

Me sonrió como nunca nadie lo había hecho y ese pequeño gesto me hizo perder por completo la noción del tiempo y el espacio. Ya no importaba el arte, ya no importaba nada, de pronto éramos solo los dos en medio de la nada. La besé con ansia y de todas las maneras que se puede besar. A ratos suave, a ratos intensamente, pero siempre con una especie de desesperación. Como si estuviese hambriento y lo único que me saciase se escondiese en ella.

Ya entre las sábanas, los que hablaban eran nuestros cuerpos. La pasión se palpaba en cada tramo de piel y se dibujaba en el sexo más libre y salvaje que jamás había experimentado. Hubo lametones y arañazos, gemidos y susurros, caricias y azotes, fuertes envestidas y simples frotes. Hubo todo lo que compone al buen sexo.

No sé cuantas horas estuvimos disfrutándonos, pero para cuando acabamos, empezaba a amanecer. Yo me sentía más vivo que nunca y, mientras ella preparaba unos cafés, yo me metí en mi estudio y saqué de mí, en forma de arte, todo lo que esa mujer había reavivado. Fue mi primera vez con una escort, pero os aseguro que no la última. Si queréis vivir una experiencia catártica como la mía, os aseguro que Marissa Escorts es la agencia indicada.

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