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REFRESCA TU VERANO CON MARISSA ESCORTS

Un verano muy refrescante

Todo el mundo sabe que en verano suben las temperaturas, pero no solo porque lo diga el termómetro. La temperatura también sube metafóricamente cuando empezamos a despojarnos de capas y más capas de ropa, dejando muy poco a la imaginación. Nuestros cuerpos bronceados y cuidados durante todo el invierno, merecen ser compartidos con el mundo. Y con estos detalles, la temperatura sigue subiendo y, más que refugiarnos bajo la fría caricia del aire acondicionado, necesitamos algo que nos refresque de verdad, por dentro. Algo que congele nuestro interior y no nos haga exhalar calor en cada bocanada de aire que expulsamos de nuestros cuerpos.

El verano en el que tuvo lugar la historia que os voy a contar, era uno de esos especialmente calurosos en los que no había ventilador que saciase nuestra sed de frío. Y, para colmo, ese año las vacaciones brillarían por su ausencia. Pude escaparme unos días en mayo, cuando el calor aún no era sofocante pero, durante el verdadero verano, sacaríamos una nueva firma de moda que merecía y necesitaba toda mi atención y la de mis socios. Podríamos descansar con la llegada de septiembre, pero el verano lo pasaríamos sin salir de Madrid, a menos que tuviésemos que realizar algún viaje de negocios.

Y así fue, las visitas de cortesía no tardaron en llegar: necesitábamos reunirnos con otras personas relevantes en el sector para poner el foco sobre nuestra nueva firma de moda. Tuve que viajar a Galicia, donde me encontraría con uno de esos nuevos diseñadores de moda que tienen un gran éxito antes incluso de estrenar colección. Era un tipo excéntrico y, pese a su gran éxito, vivía en una casita pequeña y de estilo rural en la cima de un acantilado gallego. Era de los mejores en lo suyo y, aunque la primera colección estaba lista para ver la luz en pocas semanas, queríamos contar con él para algunos diseños de nuestra próxima colección, que contaría con la presencia de los diseñadores más codiciados de todo el país.

Viajar hasta allí solo para reunirme con él, merecía la pena. Nos reuniríamos varias veces para ir afinando todo lo relativo a la nueva colección, por lo que aunque fuese mi única visita, tendría que pasar varios días allí. Aunque pasaría horas y horas trabajando en el hotel, pensé que también podría aprovechar para hacer turismo y desconectar en el tiempo que me quedase libre. Y, claro, no quería irme solo. Hablé con varias amigas para que me acompañasen pero el viaje había surgido de una manera tan precipitada, que fue imposible encontrar compañía.

Recordé entonces aquella vez en la que uno de mis socios insistió en contratar a varias escorts para una cena con algunos clientes y colaboradores. Mi otro socio y yo éramos bastante reacios: no queríamos espectáculos obscenos en una cena importante como era aquella. Éramos hombres con clase y con una reputación que mantener, no nos podíamos permitir quedar en evidencia… Sin embargo, cuando empezó a enseñarnos las fotos de las escorts a las que pensaba contratar nuestra opinión empezó a cambiar. Cambió por completo cuando fue leyéndonos, en voz alta, el perfil de cada una de esas preciosas mujeres. Todas ellas tenían estudios e inquietudes, no eran solo un bonito envoltorio, dentro de él había uno de esos perfumes glamurosos y con estilo.

Casi sin pensarlo, cogí el teléfono y llamé a Marissa Escorts. Quedaba menos de una semana para que saliese de viaje, pero no dudaba de que su atención sería exquisita y me daría las soluciones que necesitaba. Tras indicarles toda la información sobre lo que necesitaba, me dijeron las modelos que habían disponibles para esas fechas. Tras echar un vistazo a sus perfiles, no albergaba la menor duda, tenía muy claro quién sería mi acompañante. No me malinterpretéis: todas ellas poseían una belleza digna tan solo de las diosas pero, ya sabéis, hay bellezas que hipnotizan y no sabes muy bien por qué.

Se llamaba Blanca y, aunque yo todavía no lo supiera, me regalaría los días más refrescantes de todo el verano. Blanca parecía poderosa, de esas mujeres que, tan solo con una mirada, son capaces de tener a sus pies a cualquier hombre y de conseguir cualquier cosa que deseen. Yo, que estaba acostumbrado a que otras personas bajasen la mirada ante mi presencia, me sentí algo cohibido frente a su impresionante belleza y talante.

Tenía por delante todo un día de duro trabajo pero, nada más verla, ya estaba deseando acabar para poder disfrutar de ella. Aunque pueda pensarse lo contrario, eso hizo que mi día fuese más ameno: sabía que tendría una velada perfecta como recompensa cuando acabase todo lo que tenía que hacer. Nuestro tiempo juntos se podría resumir en calas paradisiacas, restaurantes de lujo, buen vino y una buena dosis de diversión y erotismo.

Cada minuto que pasamos juntos fue realmente perfecto. Pero, si algún momento merece ser destacado por encima del resto, fue aquella tarde que tuve libre y que hacía demasiado calor para salir a ningún lado. Decidimos quedarnos en la habitación y desatar por completo la pasión que habíamos ido dosificando durante los días anteriores. Hablé con el encargado del hotel y le comuniqué que, durante unas horas, no quería recibir ni llamadas ni una sola interrupción. Pedí un par de botellas de su mejor vino y algo de queso y frutas con las que maridarlo.

Nuestra fiesta privada comenzó y ver a Blanca con ese camisón sedoso y negro en el que se marcaban perfectamente cada una de sus curvas me hizo enloquecer. Nunca me había sentido tan atraído por nadie, era como una sirena llamándome con su canto y yo como el marinero que no puede evitar acudir a su encuentro. Conforme el servicio de habitaciones salió por la puerta, la cogí por la cintura y nuestros cuerpos se fundieron en un beso que parecía no tener final, ni en el tiempo ni en el espacio.

Aunque teníamos el aire acondicionado puesto, nuestros cuerpos se entrelazaban sin dejar espacio posible para que pasase el aire. Blanca puso su mano en mi pecho y me empujó suavemente, haciendo que me tendiese en la cama. Era una diosa dulce y delicada que con solo pestañear podía hacer conmigo lo que quisiese. Desde la cama observé sus movimientos expectante y, dándose la vuelta con la gracilidad de un pájaro, cogió uno de los hielos de la cubitera y se acercó de nuevo a mí. Lo metió en su boca y, con una sonrisa pícara y ardiente, lo lamió como yo deseaba que me lamiese a mí.

Se sentó sobre mí a horcajadas y poco a poco, empezó a besar cada centímetro de mi piel con el hielo entre sus labios. Nunca pensé que una mujer tan ardiente pudiese resultar a la vez tan refrescante. El calor que rezumaba mi cuerpo hacía un perfecto contraste con el frío de su boca, fue una de las sensaciones más intensas que he experimentado. El hielo se derritió en tan solo unos segundos y nuestros cuerpos volvieron a enzarzarse en una lucha en la que ambos resultaríamos ganadores y cuya única conquista era el placer.

Blanca ejercía un poder sobrehumano en mí. No sé cómo lo hacía pero, cada vez que nos fundíamos en un potente y sonoro orgasmo, deseaba volver a sumergirme en sus curvas de nuevo. Y no pensaba reprimirme, disfrutaríamos juntos tanto como nuestros cuerpos aguantasen, que no parecía ser poco. Las horas pasaron como si fuesen segundos, llegué a pensar que Cronos, el Dios del tiempo, había hecho de las suyas y nos había robado toda una tarde sin que nos diésemos cuenta. Cuando horas después caímos en la cama rendidos, ya era de noche. Descansamos unos minutos, jadeantes, como quien acaba de correr una de las maratones más largas del mundo y, después, nos dimos una ducha con el agua fría.

Salimos a cenar, necesitábamos reponer energía. Mientras yo me vestía y hacía una llamada para reservar mesa en un buen restaurante, Blanca estaba en el baño poniéndose guapa. Y vaya si lo hizo… Cuando la vi salir con ese vestido largo que le sentaba tan sumamente bien, mis ojos volvieron a arder en deseo. Era hora de salir a cenar pero, una vez más, solo me importaba regresar al hotel y dejarme llevar por su canto de sirena una vez más.

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