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RELATO ERóTICO: EL MAESTRO QUE SE CONVIRTIó EN MI APRENDIZ

Escort de lujo

Cuando empecé a ser una de las chicas de Marissa Escorts en Valencia, estudiaba International Business en la universidad más prestigiosa del país. Había un profesor que siempre me había parecido muy atractivo, tenía mucho éxito entre las alumnas y, por las miradas que intercambiábamos en clase, creo que yo también le interesaba. Él era un señor de los pies a la cabeza y yo, una sofisticada señorita, por lo que nuestra relación nunca fue más allá de las aulas y alguna que otra tutoría.

En el poco tiempo que llevaba en Marissa Escorts, había conocido a hombres de todo tipo y disfrutado de magníficas veladas o viajes con todos ellos. Si algo caracteriza a los clientes de la agencia, es la educación y el saber estar. Con algunos de ellos había estado varias veces, pero cada vez que llegaba un cliente nuevo, tanto para mí como para el resto de las chicas, era motivo de ilusión. Lo nuevo siempre resulta emocionante.

Una tarde de verano, cuando ya llevaba unos cuantos meses en Marissa Escorts, llegó uno de esos clientes desconocidos para mí. Marissa me dijo su nombre y me dio todos los datos de nuestra cita. Al oír su nombre una persona me vino inmediatamente a la mente pero, inocente de mí, pensé que no podía ser él. Él era un auténtico caballero aunque, al fin y al cabo, ¿no eran unos auténticos caballeros cada uno de mis clientes?

Llegué a nuestra cita con algo de antelación, siempre me gusta llegar antes que mis clientes para poder prepararlo todo y recibirlos como se merecen. El apartamento era precioso y muy elegante, con vistas al mar y situado muy cerca de un restaurante lujoso en el que cenaríamos más tarde. Mi cita llegó a la hora prevista y, al abrir la puerta, no podía creer en lo que veían mis ojos: era él, ese profesor por el que suspiraba en la universidad.

Al verme se quedo en shock, incluso tuvo el impulso de irse sin mediar palabra. Por suerte, pude convencerle de que no era necesario: no estábamos haciendo nada malo y, de todas formas, nadie se enteraría jamás. Él ya conocía Marissa Escorts y sabía que la discreción y la confidencialidad son uno de sus mayores rasgos de identidad, así que decidió quedarse a disfrutar de nuestra cita.

Empezamos con una magnífica conversación en la terraza, disfrutando de unas copas de su vino preferido. El ambiente era muy agradable y nos sorprendimos conociendo a las personas que había detrás del profesor y la alumna que se lanzaban miradas furtivas durante las horas de clase.

Al poco tiempo de estar en aquella terraza, la temperatura subió más en esa calusora tarde de agosto y la tensión sexual era tan intensa que se podía cortar con un cuchillo. Me acerqué lentamente a él y le besé delicadamente y, poco a poco, con más intensidad y pasión. Cuando los besos y las caricias se quedaban cortos, pasamos a la habitación.

La luz natural que entraba por el inmenso ventanal inundaba toda la habitación, creando un ambiente cálido e íntimo. La cama era enorme y las sábanas blancas y extremadamente suaves acariciaban nuestros cuerpos ardientes, que agradecían la frescura de las sábanas y del aire acondicionado.

Después de tantos meses deseándonos en secreto, no teníamos tiempo que perder. Pero yo quería que aquel día fuese inolvidable para él, siempre me gusta ser algo especial y diferente en la rutina de mis clientes. Así que, como Marissa ya me había dicho cuáles eran sus preferencias, me convertí en una femme fatale dispuesta a llevarle al séptimo cielo.

Cogí su corbata y até sus manos y, tras llegar desde su pecho hasta su oído con suaves y húmedos besos, le susurré lentamente: "hoy el maestro se convertirá en mi aprendiz". Una sonrisa perversa se dibujó en su boca y en sus ojos pude ver arder la intensa llama del deseo.

No quedó un milímetro de su cuerpo que no fuese acariciado. Tener a ese hombre entre las sábanas me hacía enloquecer y, por cómo reaccionaba cada parte de su cuerpo, a él le ocurría lo mismo. Sé que sus ansias por tocarme aumentaban con cada uno de mis movimientos, pero también sé que no poder hacerlo le hacía arder en deseo.

Besé cada rincón de su cuerpo, centrándome más en aquellas zonas que le hacían revolverse y jadear. Algunas veces le dejaba besar mis pechos y veía como estaba a punto de perder la paciencia y romper la fina corbata que le impedía moverse a su antojo. Decidí soltarle y dejar que la pasión tomase las riendas. Nunca me habían besado y acariciado de esa manera. Parecía que los dos llevásemos toda la vida esperando aquel momento.

Tras una tarde de sexo apasionado y muchos orgasmos, nos dimos una larga ducha en la que, al ver nuestros cuerpos enjabonados y enrojecidos por tantas horas de pasión bajo las sábanas, resultó casi imposible no volver a besarnos y rozarnos como si fuésemos dos adolescentes. Tras una última aventura bajo el agua, nos vestimos y nos preparamos para nuestra elegante cena. Llegamos un poco tarde, pero sin duda mereció la pena.

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