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UN VIAJE AL CENTRO DEL BDSM

BDSM con escorts

Siempre había sido un hombre con carácter, dentro y fuera de la cama. Me gustaba tener siempre el control de la situación, hasta que la conocí a ella. Me gusta el sexo duro, los azotes, las ataduras y las palabras sucias. Desde que descubrí este lado de mi sexualidad, me había costado mucho encontrar una mujer que realmente disfrutase de este tipo de prácticas.

Aunque al principio parecía ir todo bien, al final el sexo acababa enfriando la relación con todas las novias que tuve. Decían que les gustaba el BDSM, pero cuando realmente descubrían lo que era, se daban cuenta de que no les gustaba tanto. El día que la conocí a ella acaba de entrar de nuevo en la soltería. Decidí contactar con mi agencia de escorts de confianza y me llevé una grata sorpresa ojeando las escorts disponibles: había una modelo nueva y en su perfil especificaba que practicaba BDSM.

Llamé para cerciorarme de que realmente le gustase el BDSM y no la versión edulcorada que muestran en algunas películas eróticas. Era mi día de suerte: a esa mujer de verdad le gustaba la sumisión y, si se lo pedía, también podía adoptar el rol dominante. Ella realmente estaba metida de lleno en el mundo del BDSM, en el de verdad. Y yo, frente a ella, me sentía como un auténtico aprendiz.

Pronto comprendí por qué muchas de mis parejas había huido. Yo creía saber mucho del BDSM, pero en realidad sabía muy poco. Con ella aprendí que era necesario fijar los límites de cada uno y establecer palabras de seguridad. También aprendí que, cuando lo hacían bien, a mí también me encantaba que me dominasen. Por primera vez sentí que de vez en cuando podía permitirme perder la cabeza y dejar que fuese ella la que tomase el control. Nunca me había sentido tan liberado.

Hasta entonces las mujeres que habían intentado ser dominantes conmigo lo habían hecho de una manera demasiado suave, sin autoridad. Cuando ella era la que me dominaba a mí, sabía que estaba completamente rendido a sus pies y que no dudaría en ser tan despiadada como habíamos acordado si yo me atrevía a contradecirla. 

Me volvía loco su apariencia de femme fatale, con esas botas negras de tacón de aguja que le llegaban casi a la entrepierna, con sus labios rojos y carnosos y esa máscara que le daba un carácter tan enigmático. Paseaba por la estancia con una seguridad imponente, con su mirada desafiante, como queriendo decirme que yo no era nadie al lado de ella, que ni tan siquiera le llegaba a la suela de esas botas de cuero tan sexys.

Cuando me daba órdenes parecía la persona más poderosa del mundo. Y yo me sentía obligado y encantado de cumplirlas, todas y cada una de ellas. No importaba si lo que me pedía era limpiarle las botas con la lengua, darle un masaje o pasear con mi collar como si fuese su perro. Me pidiese lo que me pidiese, para mí era un placer casi orgásmico poder cumplir sus exigencias.

Alguna vez la excitación me dominaba y trataba de coger las riendas de nuevo. Intentaba tocar esos pechos voluptuosos o agarrarla de su cintura de avispa. Y cómo reaccionaba cuando eso ocurría me llevaba al éxtasis. Ella tenía totalmente interiorizado su rol en cada uno de nuestros encuentros y no dudaba en darme con la pala en las manos o en darme un latigazo cuando veía que incumplía alguna de sus órdenes.

No sé si me gustaba más cuando me dominaba o cuando yo la dominaba a ella. En el último caso, era la sumisa más sexy que jamás me haya topado. Vestía lencería sensual pero con ese aspecto dulce que te hace saber que esa mujer haría lo que fuese por ti. Me miraba con inocencia y sensualidad, como esperando a que le pidiese cualquier cosa para satisfacer cada uno de mis deseos.

Era una sumisa entregada que nunca borraba esa mirada de admiración y obediencia de sus enormes ojos verdes. Aunque siempre se mantuviese en su rol, a veces me provocaba para que tuviese que tumbarla sobre mi regazo para darle unos azotes. Aguantaba estoica su castigo y, mientras lo hacía, me pedía perdón dulcemente por haberse portado mal.

Como buena sumisa, siempre recordaba las cosas que me gustaban y no dudaba en llegar a nuestras citas cargada de detalles. Sabía qué lencería ponerse en cada momento, cuál era mi vino preferido en función de lo que fuésemos a cenar, qué juguetes eróticos escoger según lo que le hubiese pedido para ese día… Sabía cómo actuar en cada momento que pasábamos juntos y hacía que todo resultase tan sencillo que no parecía real.

Con ella aprendí que cuando el BDSM es más un estilo de vida que una simple fantasía en un momento determinado, es difícil encontrar a alguien con quien encajar fuera de ese mundo. Dejé de tener relaciones insípidas en las que el sexo nunca sería lo que yo buscaba y empecé a relacionarme con mujeres que hacían del BDSM su modo de vida. Desde entonces he encontrado dominatrix imponentes y sumisas dóciles, pero cuando quiero pasar una velada perfecta y sin sorpresas, siempre acudo sin dudarlo a ella, a la escort que me redescubrió un mundo que yo pensaba conocer como la palma de mi mano.

Si tienes curiosidad por saber qué es realmente el BDSM, si estás frustrado como lo estaba yo porque nunca te has entendido a la perfección con una mujer dentro de este mundo o si, simplemente, quieres pasar uno de los mejores ratos de tu vida, te recomiendo que contactes con Marissa Escorts. Pueden ofrecerte todo lo que un hombre como tú y como yo necesitamos, tus fantasías no tendrán límites para ellas.

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