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UNA CELEBRACIóN PARA TRES

Escorts lujo Valencia

Era viernes y el verano había llegado unas semanas atrás a Valencia. Al termómetro le faltaban grados ante tal ola de calor y, los mortales, pasábamos el día a duras penas esperando que al caer la noche, una brisa fresca acariciara nuestra piel. No nos engañemos: por muy amantes que seamos de nuestro trabajo, como lo soy yo, ir de reunión en reunión con un calor como el que hacía aquel verano, era el menos apetecible de los planes.

Aunque había conseguido firmar tres importantes contratos aquella mañana, al llegar la tarde no me apetecía salir a celebrarlo con mis socios, como solíamos hacer. Por supuesto, pensaba hacer una gran celebración, pero esta vez me apetecía hacerlo por mi cuenta y en casa. Después de un día como ese, no me apetecía ir de terraza en terraza buscando el ambiente más chic de la ciudad, prefería refugiarme en mi lujoso apartamento con vistas al mar disfrutando de un homenaje a mí mismo. Sin lugar a dudas, me lo merecía.

Antes de volver a casa, decidí hacer algunas compras. Dicen que es importante cuidarse a uno mismo y, al fin y al cabo, si no lo hago yo mismo, ¿quién lo va a hacer por mí? Compré algunos de mis productos gourmet preferidos: el mejor jamón que fui capaz de encontrar, una botella de tinto con más años que yo, unas fresas ecológicas, un poco de foie de pato y unas gambas de Dénia. Me di todos los caprichos gastronómicos que me apetecieron.

Después compré un par de conjuntos de lencería que hubiesen hecho que cualquier mujer estuviese preciosa. Tenía ganas de mimarme a mí mismo, pero también a quien me acompañaría durante aquella noche. Nunca he dado mucha importancia a estas cosas, pero para ambientar la casa, también compré algunas cosas: velas grandes y aromáticas, otras velas que flotaban en el agua, algunas sales de baño, aceites de masaje, lubricantes comestibles y algunos juguetes sexuales nuevos.

Cuando ya había conseguido todo lo que necesitaba, llamé a mi agencia de confianza, Marissa Escorts. Como en cada ocasión, escucharon con atención los planes que tenía para celebrar mis grandes éxitos laborales del día. No era la primera vez que les llamaba y, con esa confianza y buen trato que les caracteriza, me felicitaron con emoción por todo lo que había logrado ese día. Sin duda, en esta agencia saben hacerte sentir como en casa.

Todo estaba listo para mi gran noche. Llegué a casa y puse la comida y la bebida en la nevera. Fui colocando cada cosa en su lugar, poniendo música de fondo y encendiendo las velas, dejando las que flotaban en la piscina. La casa adquirió al momento un aire muy acogedor y, por qué no decirlo, también muy sensual. Parecía el palacio de un gran jeque al que, pronto, unas preciosas mujeres colmarían de atenciones y cariño.

A la hora acordada, el timbre sonó. Al abrir la puerta, dos mujeres imponentes me sonreían con una mirada pícara mientras me ofrecían una botella de mi vino preferido. Como os decía, tenía una relación larga y de confianza con Marissa Escorts, ¡algunas de sus acompañantes me conocen mejor que yo mismo! Una de las modelos que tenía frente a mí, me había acompañado en algunos de mis mejores y peores momentos, estoy seguro de que ella misma escogió el vino. La otra modelo era nueva en la ciudad y yo estaba deseando conocerla, esta sería la ocasión perfecta.

Desde el principio y a pesar del poco tiempo que llevaba una de ellas en Valencia, disfruté de la complicidad que había entre ellas. En esta agencia, cuando pides dos acompañantes, disfrutas de una experiencia inigualable. Las modelos se llevan bien y son capaces de aliarse para dejarte boquiabierto con cada movimiento que hacen. No hay rivalidad entre ellas, si no todo lo contrario: unas ganas tremendas de ofrecerte juntas la mejor velada que jamás hayas podido soñar.

Les pedí que se pusiesen cómodas y se dirigieron a la terraza. Que agradable era la brisa del mar cuando anochecía, podías sentir el calor acumulado durante todo el día evaporarse de tu cuerpo. Entre vino, caricias y conversaciones íntimas, disfrutamos de una cena inmejorable. Nos sentíamos como en una bacanal de la Antigua Roma, pero con todas las comodidades que nos brindaba la vida moderna. ¡Qué buen momento para estar vivos!

Mis preciosas acompañantes fueron un momento al servicio y, cuando aparecieron de nuevo, me emocioné como un niño en la mañana de Navidad al verlas lucir la lencería que había comprado aquella tarde. Yo mismo la había elegido, pero no podía dejar de sorprenderme al ver cada una de sus preciosas curvas dentro de aquellos conjuntos. Si la perfección existe, estoy seguro de que fui testigo de ella aquella noche.

Aunque aquella experiencia pareciese un auténtico regalo de los Dioses, lo que ocurrió a continuación fue algo muy humano: el placer y el erotismo inundaron cada rincón de mi casa. Sacamos nuestro lado más salvaje y desinhibido, entregándonos por completo al más absoluto disfrute. Entre besos, caricias, lametones, arañazos y desnudez, llegamos al éxtasis sin saber dónde acababan nuestros cuerpos y empezaban los de los otros.

Nos lo pasamos tan bien que, sin darnos cuenta, alargamos la noche hasta el amanecer. Una luz anaranjada y tenue nos sorprendió alzándose sobre el mar, justo en frente de la habitación en la que nos deshacíamos de placer. Cuando nos dimos por satisfechos, disfrutamos de una taza del mejor té de menta marroquí, pronto nos traerían el desayuno que habíamos encargado para reponer fuerzas.

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