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VOLVER A EMPEZAR

Aventura con escorts

Como cada año, cuando el mes de agosto entra en su última quincena, recuerdo con nostalgia el principio de esta historia. Para mí volver a la rutina después de unas vacaciones o de un tiempo de menos carga laboral, siempre ha sido uno de los peores retos del año. Se convierte, todas y cada una de las veces, en una especie de crisis existencial que me hace replantearme qué le falta a mi vida para ser feliz.

Aquel año, en agosto, decidí que sería el primer año que descansaría todo el mes, después de más de una década sin vacaciones. Al principio me daba un poco de vértigo: no sabía cómo descansar tanto tiempo y pensaba que podría llegar a agobiarme. 

Pero, como a todas las cosas buenas, pronto me acostumbré a esa recién descubierta libertad. Los días pasaron rápido y viajé a todos esos destinos por los que llevaba años suspirando. Cuando me quise dar cuenta, septiembre estaba a la vuelta de la esquina y la idea de volver al estrés que caracterizaba mi vida me abrumaba. Por suerte, mis socios además son mis amigos, ese grupo que se formó en la Universidad y que ya no se había vuelto a separar.

Al volver en septiembre, todos coincidíamos en que nuestro negocio necesitaba una reestructuración. Éramos empresarios y era lo que siempre habíamos querido ser, pero nos habíamos convertido en simples jefes de un negocio que, aunque crecía y prosperaba, no era infinito. Por ello decidimos que había llegado el momento de delegar tareas de esa empresa que ya estaba consolidada. De esa manera tendríamos tiempo para buscar nuevas ideas de negocio y, también, para vivir nuestras vidas. Con un recién contratado equipo de dirección, dedicaríamos las mañanas a buscar nuevas oportunidades de negocio y tendríamos las tardes libres, para nosotros mismos.

El problema era que yo ni siquiera recordaba cómo se tenía una vida normal. Habíamos acordado que pasaríamos las mañanas en la empresa, para poder solucionar cualquier problema que escapase de la nueva dirección y para volver a reunirnos como antes de crear esta empresa. Queríamos encontrar ideas ganadoras con las que seguir creciendo como empresarios. Las tardes en principio, las tendríamos libres y podríamos hacer todo lo que llevábamos años posponiendo.

Empecé a aprender de nuevo a vivir fuera del trabajo: contraté a un entrenador personal y me apunté a diferentes actividades deportivas como el boxeo. Me inscribí en el máster que abandoné años atrás para poder centrarme en la empresa. Volví a entablar relación con viejas amistades con las que había perdido el contacto. Empecé a cocinar de nuevo y descubrí que, con tiempo, era un gran cocinero. Y hasta me planteé que quizás también era el momento de encontrar a mi media naranja, esa de la que todo el mundo hablaba y a la que yo había renunciado.

Y entonces, me topé de frente con la realidad: yo no sabía ni quería tener una relación seria. Buscaba cierta estabilidad, pero sin tener que comprometerme con nadie. Pensaba que sería algo común, hasta que buscar a esa compañera con la que compartir buenos ratos pero seguir siendo libre, se convirtió en misión imposible. Yo era sincero, no quería engañar ni hacer perder el tiempo a nadie, pero no había mujeres que quisiesen tener este tipo de relación: o solo querían una noche de desenfreno o buscaban una relación seria.

Una noche estaba leyendo un libro mientras disfrutaba de una copa de mi vino preferido. La lectura no me estaba resultando demasiado estimulante y pensé varias veces en abandonar ese libro que acababa de comprar y no estaba cumpliendo con las expectativas que la crítica había creado en mí. Hasta que, de pronto, el personaje principal protagonizaba una escena de sexo bastante explícita con una escort de lujo. Y todo se iluminó para mí. 

Había pasado demasiado tiempo buscando a esa compañera perfecta pero, quizás, estaba a solo unas llamadas de encontrarla. Sin implicación, sin compromiso, sin sentimientos más allá del cariño, sin ningún tipo de responsabilidad afectiva. ¿Podría encontrar todo lo que buscaba en una sola mujer?

No podía permitirme ningún escándalo. Era un hombre reputado y conocido, así que no me podían relacionar con una escort, ninguna de las agencias me parecía lo suficientemente discreta. Estuve a punto de abandonar mi plan hasta que encontré una agencia que me inspiraba confianza y ofrecía, ante todo, una absoluta discreción y confidencialidad. Decidí llamar y contarles cuál era mi situación, explicando punto por punto lo que necesitaba de una agencia como la suya.

Necesitaba encontrar a una acompañante de lujo especial. Alguien con quien entablar una especie de relación a largo plazo, quería encontrar a la mujer perfecta para mí y poder tener citas con ella habitualmente. Tras varias encuentros conociendo a las diferentes modelos, me invitaron a ser miembro VIP. Ahora que ya me conocían y había demostrado ser un buen cliente, podía disfrutar de un trato aún más personalizado y conocer a las acompañantes de este exclusivo servicio. 

Y entonces, la conocí a ella: una mujer que paseaba con sus zapatos de tacón y sus largas piernas por encima de todas mis expectativas. Nunca me había imaginado que mis exigencias podían parecer una nimiedad, pero al lado de una mujer como ella, cualquier cosa que hubiese imaginado o deseado se quedaba pequeña. Nunca he creído en los dioses, pero sin duda alguna ella era una diosa enviada a la tierra, su carisma y su belleza eran sobrehumanos. 

Después de conocerla un poco mejor en las primeras citas, tuve claro que si esa mujer me lo pedía renunciaría a todos mis ideales y me casaría con ella. Era la perfección encarnada en una mujer. Era el tipo de mujer con la que, a un hombre innatamente solitario como yo, no temería pasar toda una larga vida.

Evidentemente, eso nunca pasó. Ella era demasiada mujer incluso para mí. Lo que sí conseguí fue que mi plan original, el de encontrar una persona con la que vivir buenos momentos sin compromiso, fuese todo un éxito. Me convertí prácticamente en su único cliente. Contaba con sus servicios tanto si había tenido un buen día como si había sido uno de los malos, ella era el mejor bálsamo en cualquier momento.

Aunque era una mujer que cualquier hombre soñaría con tener en su cama, hacíamos muchas otras cosas fuera del dormitorio. Quedábamos para cenar, para ir al teatro, para viajar, para tomarnos una copa de vino frente a la chimenea mientras hablábamos de todo y de nada… Si algo me gustaba realmente de ella, a parte de sus evidentes atributos físicos, era lo natural y sencillo que hacía cada uno de nuestros encuentros. La labia que tenía y lo fácil que era pasar horas conversando de temas interesantes con ella. Realmente era como haber encontrado a esa amiga especial con la que quedar a pasar buenos ratos y disfrutar de la vida.

Pero no os voy a mentir, a parte de todo eso, en la cama funcionábamos como dos engranajes perfectamente alineados. Nos entendíamos, nos lo pasábamos bien y siempre teníamos nuevos territorios por explorar. Con ella descubrí lo que era el buen sexo, lo que era disfrutar de todas las posibilidades que te ofrece el placer. Nunca había experimentado nada parecido a lo que viví con ella.

Han pasado unos años desde entonces, en los que nos hemos visto de manera habitual. Ella ya no es la joven estudiante que conocí, se ha convertido en una mujer imponente que ha alcanzado todos los objetivos que se marcó hace unos años. Hace unos meses me contó que había llegado el momento de dejar el mundo de las escorts de lujo: tenía un objetivo claro cuando empezó con ello y ya lo había cumplido. Y, aunque me entristeció, no podía estar más feliz por ella. Me sentía orgulloso de la mujer en la que se había convertido.

Ahora estoy conociendo a otra de las modelos de Marissa Escorts. Esta agencia nunca me decepciona porque, aunque no lo creyese posible, vuelvo a sentir la misma ilusión con la que me embarqué en esta aventura unos años atrás. Aún estamos descubriéndonos, pero estoy seguro de que llegaremos a formar algo tan consistente y emocionante como lo que tenía con la acompañante anterior. No importa lo que busques, como cliente satisfecho te aseguro que ellas te lo darán.

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